Papel en blanco

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Ondas de ficción

La primera palabra siempre fue la más difícil. Nunca supe estar tanto tiempo callada. Pensaba que era hora de escribir, de volver, volver a desmontar con teclas todos los años que atravesaron mis músculos, mi respiración, mis latidos. Era tan tarde, que prefería no regresar a casa. Mi habitación estaba entre las nubes y los nueves. Nunca pude recordar el nombre de mi calle. Nunca cogí un taxi, prefería continuar caminando. Aprendí tantos caminos a casa, y encontré tantas casas por el camino que me sorprendería poder acordarme de todas y escribir una lista de todos los colores de esas paredes que decían bienvenida. Sería todo un reto, quien dice reto no se refiere a cosas imposibles.  Podría recordar hasta el más minúsculo suspiro de cada persona con la que compartí unas palabras. Y eso estaría en un puesto bastante alto en una lista de imposibles. Hace un tiempo me preguntaba el por qué, por qué existía esa constante del recordar. Qué dichosa obsesión era la que tenía la gente recordando conversaciones, malditas palabras bien dichas, comidas, eventos, espectáculos, otras gentes, y muchas, muchas palabras de libros anticuados. Qué desconcertante, por qué merecerían tal reconocimiento. Me preguntaba, y callaba. Creí ver las más lindas sonrisas juntas, los más sinceros brazos dándose calor y los mejores amigos compartiendo una taza de leche, con chocolate o café, quizás té. Me equivocaba, todo parecía real hasta que llegaba a nuestros labios. La primera palabra es la más difícil de pronunciar. Y empezar. Empezar con nombres y apellidos, familias y edades; seguidas de pequeñas historietas, anécdotas simples que siempre sirven para conectar, para entretener, para decir que había un poquito de vida tras ese superficial, gélido, y serio rostro. A veces me demostraba a mí misma que estaba equivocada. Tantas caras y tantos malentendidos. Tantos nombres que recordar, difíciles de recordar hasta que cualquier mala interrupción aparecía, irrumpiendo en cada una de las escenas. Y lo juzgaban. No paraban de juzgarlos, y me quedaba parada. Parada como cuando te dan la noticia más apabullante y chocante del día y el vaso, el libro, el teléfono, lo que sea que tuviéramos en las manos se cae. Se cae y escuchamos el estruendo. Parecía que no era real, no hasta que el sobresalto del estruendo sucedía y, ya no había forma de pensar que era simplemente una broma, un rumor, un susurro de los de mentira. De esas mentiras que son verdad cuando la última palabra, se pronuncia. Y viene acompañada de una mirada cómplice que nos desvela la verdad delatando a quienes nos miran, intensamente, a los ojos. Creí saber cómo reaccionar, a todas aquellas palabras, a tales compromisos que nos rompen los esquemas. Creí saber reconstruir el desorden de mi cabeza, y diseñar rompecabezas. Me equivoqué. Estaba tan segura de saber responder, que cuando cruzaron las barreras del tiempo y el espacio, llegando a mi misma carretera, atravesando la primera verja del jardín, traspasando toda la alambrada hasta llegar a esta parte pequeñita de mi mundo, a mi persona, a mi mente. Y más allá, rozando mis latidos, mis suspiros. Y se quedó, conmigo. Y aún estoy aprendiendo a cómo reaccionar ante su impacto. Aprendiendo que, la última palabra escrita, esa última palabra que quede por pronunciar, siempre será la más difícil. La más difícil de asimilar, de absorber. De escribir. De pronunciar.

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